La Creación de los Creadores o los sueños soñados

Martín Torres Sauchett S.J.

En el Principio, eran todos los verbos, todas las palabras. Y los dioses dormían en el letargo de la eternidad. Soñaban ser uno solo, ser todos los dioses en un solo Creador que creara mundos. Al despertar, revelaron su sueño unos a otros y ocurrió que todos habían soñado lo mismo. Soñaron sus creaciones, sus criaturas y sus creadores. Y se fundieron en un nebuloso torbellino del que salían voces.

El Creador mencionó todos los verbos y pronunció todas las palabras y se echó a dormir. Soñaron nuevamente los dioses que eran un solo Creador. Al despertar, revelaron su sueño unos a otros y ocurrió que no habían soñado lo mismo; esta vez habían soñado en ser un solo Creador que creara creadores que crearan mundos.

Pero la imagen de los creadores de mundos era distinta en cada uno. Entonces decidieron que fuera la imagen de todos: la imagen del Creador. De esta manera, la imagen del ser humano revoloteaba en la mente de los dioses y se les reveló al final del sueño.

El Creador habló en todos los idiomas, lo venció el sueño y volvió al letargo de la eternidad.
Así, al Principio, fueron todos los verbos, todas las palabras, todas las lenguas. Los dioses despertaron de su letargo y se sorprendieron al ver que las manos de sus creadores creados se habían liberado de su función pedestre y ya no les arrastraban los nudillos al andar.

La Creación dejó de ser hostil e inhóspita, la tierra se había enfriado, ya no era una masa incandescente y la Pangea se había fragmentado. Los creadores ya no caminaban agachados, avergonzados, sosteniendo su torpe cuerpo con las manos, sino erguidos y orgullosos con sus columnas vertebrales verticalizadas, sostenidas por los pies inquietos que se movían a pasos acompasados, hacia acá, hacia allá, hacia adelante y hacia atrás, un, dos, un, dos, una vuelta y brinco hacia atrás. Y sus miradas llenas de azoro brillaban con el fuego que iluminaba la noche y las toscas mandíbulas no imitaban más a las fieras, sino que, flexibles, ansiaban emitir cantos. Mencionaron algunos verbos y se formaron las primeras realidades. Pronunciaron algunas palabras y los colores revelaron mundos. Repitieron algunas palabras en un estribillo y con las manos daban golpes sincopados sobre sus muslos y los pies se movían por sí solos, desobedecían, parecían tener vida propia, iban, otra vez, con pasos más decididos, hacia acá, hacia allá, hasta llegar a una doble vuelta y brinco hacia atrás.

Y, como en el Principio, fueron, eran y serían todos los verbos, todas las palabras, todas las lenguas, y los dioses creían estar soñando. Se llenaron de ira al contemplar en una sola todas las Babeles, el Aleph de las más altas pretensiones.

Después vino el Caos, porque el acto de crear estaba reservada a los celosos dioses reunidos en un solo Creador. Pero los creadores creados seguían emitiendo cantos sin traducción simultánea y, como si esos días fueran todos los Pentecosteses, todos entendían a todos. Y los dioses afirmaban que estaban borrachos.

Desde entonces, los creadores creados se llamaron a sí mismos hombre y mujer. Sus mentes inconformes intuyeron su vocación creadora por reminiscencia: recordaron que habían sido soñados junto con los mundos, los verbos y las palabras. Recodaron que en ese sueño ellos también habían soñado verbos conjugados, palabras pronunciadas y mundos imaginados; mundos que son creaciones, obras que son mundo, y saben lo que en sus creaciones habita; aquello a lo que quisieron dar vida. Sólo ellos saben lo que realmente hay: sólo ellos saben que hay contenidos abiertos con libre albedrío para que al ser contemplados se apropien de otros significados, otras imágenes; para que sean más de lo soñado.

Ahora son creadores de mundos y realidades. Crearon la rueda, inventaron la pólvora, el arado, el papel, la tinta, el cero, los pinceles, el ábaco, la imprenta, después los transistores, el celuloide, la robótica y la fibra óptica.

Ahora son creadores de mitos como las muñecas de plástico, los conejos precolombinos, las vírgenes vestidas de sol, patinadores que colorean las ciudades, tinteros de los que irrumpen historietas incesantes que los dioses nunca soñaron, los nombres raros y los parientes orientales y las manos que acarician las ubres de las vacas con la misma dulzura que hacen sonar las cuerdas de las guitarras.

Ahora son creadores de mitos que hablan con imágenes que dicen verdad, porque los mitos nos llevan a descubrir, en su aceptación más auténtica, narraciones simbólicas que expresan de modo ejemplar los dinamismos del ser humano y su acontecer en el mundo.

Ahora son creadores de fuentes de múltiples sentidos, de fantasías sin límite que sin estar al tanto de la lógica verdadean la realidad, la verifican, la revelan en su afirmación vital y provocan fuertes reacciones intelectuales y emocionales, y desenlaces paradójicos y ni siquiera el tiempo ha sido capaz de condicionar el dinamismo de pasado atemporal.

Ahora son creadores de relatos que repelen los datos históricos y se afianzan en la palabra humana, en la vida del habla, en el decir. Y en este hablar, en este decir, hay un discurrir vital que no acepta ideas preconcebidas; simple y sencillamente quiere ser escuchado.

Y aquí, una súplica: la de guardar silencio para los mitos hablen.

Guardar silencio para permitir que Mythos despliegue su hablar formulado, sus narraciones plagadas de imágenes, porque el Mythos es palabra en movimiento, palabra plena y eficaz, palabra que subvierte la inteligencia. Por eso es capaz de crear mundos, esos mundos que resultan de la tensión que se da entre imaginar, pensar y crear. Esos mundos son las Cosmogonías.

Así las imágenes de la Creación, las Cosmogonías, son el discurrir primigenio que dio paso a la reflexión filosófica, a la comprensión del Cosmos, a la dilucidación de su imagen, de sus imágenes.

Solamente así se explica que las mujeres y los hombres de esta Creación, despiertos o dormidos vemos imágenes. Dormidos o despiertos soñamos imágenes. Las contemplamos a diario, en cada momento, en cada pensamiento, en cada recuerdo, en cada letra que leemos, en el cine, en los otros, en la publicidad. Ocupan todos los aspectos de nuestra vida, se nos imponen casi silenciosamente, aunque siempre dicen algo con voz propia y un discurso polisémico.

Situados en una cultura que hace alarde de agresividad iconográfica, de alguna manera se va cultivando en nosotros una dependencia visual: ver para creer, ver para conocer, ver para saber, ver para verificar, ver para excitarse, ver para divertirse y entretenerse. Ver, ver, ver. Necesitamos ver.

Eso es a lo que nos convoca la obra de este grupo de creadores, reunidos en Bang. Mitos de la Creación; nos invitan a saciar nuestro apetito visual, a tener relaciones visuales sin compromiso, relaciones homovisuales y heterovisuales. Al final, como en el Principio, serán todos los verbos, todas las palabras y todas las lenguas en estas imágenes.

Fotos del evento


Chong Filipinas